Categoría: Artículos de prensa
La transición demográfica que Colombia no puede ignorar
La transición demográfica que Colombia no puede ignorar
Escrita por: Julio Gómez, coordinador de proyectos.
Colombia podría estar entrando en una transición demográfica más rápida de lo que el público reconoce. Durante décadas, las discusiones en el país se han orientado alrededor del crecimiento poblacional; más niños, más demanda educativa, más jóvenes entrando al mercado laboral. Sin embargo, hoy el enfoque de la discusión ha venido cambiando. Los nacimientos muestran una tendencia decreciente y la tasa global de fecundidad se ubica en mínimos históricos. En 2023, Colombia llegó a 1,2 hijos por mujer, con una reducción de nacimientos de 10,1% frente a 2022 y de 30,3% frente a 2014. (DANE, 2024) La magnitud de la variación del indicador sugiere un cambio estructural en la distribución y organización poblacional: menos nacimientos, hogares más pequeños, inicio de periodos de maternidad más tardíos y una pirámide demográfica que empieza a perder su base. El debate de fondo no es solo cuántos hijos se tienen, sino qué tipo de sociedad, economía y sistema de protección social puede sostenerse cuando nacen cada vez menos personas.
La caída de la fecundidad no es un fenómeno exclusivamente colombiano. América Latina y el Caribe también atraviesan una fase de descenso de la natalidad y envejecimiento progresivo. Para 2024, la tasa global de fecundidad promedio de América Latina se ubicó en 1,79 y la del Caribe en 1,5, ambas por debajo del nivel de reemplazo poblacional de 2,1. (CELAC, 2025) En esa línea, los datos demográficos de la CEPAL muestran que Colombia avanza más rápido que el promedio regional. Mientras América Latina registra una fecundidad de 1,79, Colombia se ubica en 1,63, es decir, 9,4% por debajo del promedio regional. También, Argentina ya registra una fecundidad más baja que Colombia, con 1,51, mientras Perú se mantiene en 1,94.
Según estas proyecciones, Colombia rompería la barrera de fecundidad de 1,60 alrededor del año 2027, mientras que la región, en promedio, no llegaría a ese nivel ni siquiera para 2050, pues se proyecta que será en dicho año de 1,69. Un caso interesante es el de Chile en donde, para 2024, el indicador ya se ubicaba alrededor de 1,14 hijos por mujer, y se proyecta en 1.24 para 2050. (CELAC, 2024) En contextos de fecundidad muy baja, como Chile, o en países que avanzan hacia ese escenario, como Colombia, es posible anticipar presiones sobre los sistemas de cuidado, el mercado laboral y los esquemas de protección social. La comparación regional no debe llevar a normalizar el fenómeno, pues Colombia enfrenta esta transición con alta informalidad, baja cobertura pensional y cargas de cuidado desiguales, condiciones que pueden reducir su capacidad de respuesta ante el envejecimiento.
De acuerdo con la literatura, parte de esta tendencia puede estar asociada al aplazamiento de la maternidad. Este fenómeno se conoce como “efecto tempo”, en el cual los nacimientos no necesariamente desaparecen, sino que se postergan, reduciendo la fecundidad observada en un periodo determinado. En Colombia, este matiz es relevante porque el grupo de edad con mayor incremento reciente en nacimientos es el de 30 a 34 años, tanto en zonas urbanas como rurales. Al mismo tiempo, y afortunadamente, la fecundidad adolescente ha venido cayendo de forma significativa: entre 2014 y 2023, la tasa de embarazo entre 10 a 14 años cayó 40,3%, y en adolescentes de 15 a 19 años en un 43,0%. (CELAC, 2025)
Sin embargo, la magnitud y velocidad de la caída sugieren que quizás el aplazamiento no explica todo. La decisión de tener hijos ocurre en las dinámicas del día a día. Las personas no necesariamente toman decisiones viendo indicadores macroeconómicos, pero sí a partir de contextos de incertidumbre en ingresos inestables, dificultad para independizarse, altos costos de vivienda y sostenimiento del hogar, (Hinojosa-Mamani, 2026) y, en Colombia específicamente, acceso limitado a las redes de cuidado. (UNFPA, 2026)
Con relación al tema del cuidado, tanto a nivel nacional como a nivel regional, se evidencia que tener hijos sigue implicando altos costos distribuidos de manera desigual entre géneros. En Colombia, por ejemplo, las mujeres presentan una participación mayor en actividades asociadas a la economía del cuidado; 90%, frente a 62% en los hombres. Esta sobrecarga no solo puede afectar la decisión de tener hijos, sino también la participación laboral, el ahorro y la cotización pensional. Es por esto que la discusión sobre natalidad no debería limitarse a entender por qué las personas tienen menos hijos, si no qué tan viable es trabajar, formar y cuidar a una familia en las condiciones actuales. (UNFPA, 2026)
El principal impacto de esta transformación es que Colombia podría pasar, de discutir cómo aprovechar su bono demográfico[1] a preguntarse cómo financiar y organizar una sociedad envejecida. Durante años el país contó con una proporción amplia de personas en edad productiva frente a niños y adultos mayores, pero esa dinámica ha venido cambiando (UNFPA, 2026). De acuerdo con las proyecciones del CIEP & Tecnológico de Monterrey(2024), la tasa de dependencia en Colombia alcanzó un mínimo cercano a 42,8 en 2023, pero podría aumentar progresivamente hasta 65,2 en 2060. (Centro de Investigación Económica y Presupuestaria, 2024) . De acuerdo con esto, es posible que a partir de la década de 2050, el país entre en una fase de “impuesto demográfico”, en donde hay menos población en edad activa sosteniendo una demanda creciente de pensiones, salud, cuidado y protección social. (UNFPA, 2026)
Así pues, existe un efecto evidente es en el sistema pensional y en las finanzas públicas. Esta discusión no depende únicamente de reglas de cotización, semanas o edad de retiro, también depende de la estructura poblacional. Si hay menos nacimientos, más adultos mayores y una alta proporción de trabajadores en la informalidad, la base efectiva de cotizantes se reduce, poniendo en riesgo la sostenibilidad del sistema. En esta línea, se ha estimado que, bajo la reforma pensional reciente, hoy suspendida por la Corte Constitucional, las obligaciones netas del sistema podrían representar 166% del PIB en valor presente entre 2024-2100; que el gasto pensional de Colpensiones podría elevarse hasta 5,6% del PIB en 2065; y que el gasto pensional público total podría alcanzar 7,8% del PIB, exigiendo recursos adicionales cercanos a 1,8% del PIB. (Clavijo, 2024)
En este caso, la presión no proviene solo del aumento de adultos mayores, sino de la debilidad de la base contributiva. De acuerdo con Clavijo (2024), Colombia podría pasar de 2,5 millones de pensionados en 2024 a 6,6 millones en 2070, sin embargo, la cobertura pensional podría caer del 36% al 25%. Por otro lado, a febrero de 2026, Colombia muestra una tasa de informalidad superior al 55,3% lo que a su vez limita a una buena parte de la capacidad de cotización de personas en edad productiva (DANE, 2025).
Frente a este panorama, el fenómeno de la baja natalidad exige una combinación de esfuerzos, que complementen procesos adaptativos, con la creación de condiciones que alivien algunas de las cargas a la hora de formar familia. Paralelamente la respuesta también debe ser económica y fiscal. Si habrá menos jóvenes entrando al mercado laboral, Colombia tendrá que crecer menos por volumen y más por productividad. Eso implica, aumentar la inversión y los esfuerzos en educación técnica, digitalización y formalización laboral. Como se mencionó, el envejecimiento puede aumentar las obligaciones y presionar el presupuesto público en las próximas décadas. Por eso, Colombia necesitará una planeación fiscal de largo plazo que incorpore escenarios demográficos, evalúe el costo futuro de las transferencias pensionales y proteja el ahorro necesario para financiar inversión y productividad.
En últimas, la caída de la natalidad no debería leerse como una preocupación aislada sobre el tamaño futuro de la población, sino como una señal temprana de una posible transformación del modelo social y económico del país. Colombia tendrá que preguntarse, al mismo tiempo; cómo hacer más viable formar familia, cómo integrar mejor a sus jóvenes y migrantes al mercado formal, cómo sostener fiscalmente una sociedad más envejecida y cómo redistribuir los costos del cuidado. La transición demográfica exige mirar de manera conjunta la natalidad, la productividad, la formalización, la protección social, la sostenibilidad pensional y la organización del cuidado. Si el país no anticipa esta discusión, el riesgo no será solamente que nazcan menos personas, sino que Colombia llegue a una sociedad envejecida sin haber construido las condiciones económicas, fiscales e institucionales para sostenerla.
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La IA anda, pero no anda sola, columna para La República
La IA anda, pero no anda sola
Por: Liliana Guzmán, experta aliada de Econometría.
Como funcionaria judicial, conocí de cerca el gran reto que enfrentan los juzgados, tribunales y altas cortes para revisar y sistematizar oportunamente millones de documentos con contenidos fácticos y normativos (expedientes, informes, mapas, bases de datos). En 2018, precisamente en la búsqueda de herramientas que hicieran más eficiente ese trabajo, la corte para la cual trabajaba me encargó tomar un curso sobre big data y analítica de datos. Allí nos hablaron del machine learning como la gran promesa. Hoy, esa tecnología es la base de la inteligencia artificial (IA) generativa; la misma que usamos cada vez que consultamos a ChatGPT, Gemini o Notebook.
El sector justicia lidera el uso de IA en el Estado colombiano con 54 sistemas, tanto más meritorio cuanto Colombia es uno de los países latinoamericanos con mayor proporción (25%) de adopción en el sector público (Sistemas de Algoritmos Públicos, Universidad de los Andes, 2026). La aplicación de esta herramienta en actividades de tan alto valor genera preocupaciones pertinentes que, en todo caso, no pueden justificar su descarte. Claro que vale la pena apoyarse en IA para la prestación del servicio de justicia; pero, eso sí, tomando las precauciones que su naturaleza exige.
En sano juicio, para preservar la garantía del juez natural y el debido proceso (Sentencia T-323 de 2024), la Corte Constitucional determinó que la IA no puede sustituir el razonamiento de los jueces -es decir, la valoración de pruebas, construcción de argumentos y toma de las decisiones sobre casos concretos-. Sin embargo, esta tecnología sí puede optimizar el desarrollo de actividades de gestión asociadas al servicio judicial.
Este es el caso de los instrumentos cuya construcción lideramos desde Econometría SAS, para atenuar las dificultades que enfrentan entidades del sector justicia en el manejo de grandes volúmenes de información. Principalmente, utilizamos sistemas de inteligencia artificial basados en técnicas de aprendizaje automático, incluidos modelos capaces de analizar lenguaje y generar respuestas o borradores de texto a partir de instrucciones. Entre ellos están los modelos de lenguaje de gran escala (Large Language Models, LLM), que permiten procesar grandes cantidades de información escrita, identificar patrones y apoyar tareas de sistematización documental, siempre bajo orientación humana.
La experiencia con estas herramientas nos ha permitido identificar tanto sus virtudes como sus riesgos, así como diseñar estrategias para prevenirlos o mitigarlos. En el caso de la gestión judicial, se ha evidenciado su utilidad para encontrar información específica en abundantes contenidos normativos: miles de páginas con normas constitucionales, legales, jurisprudencia y doctrina pueden ser revisadas por sistemas entrenados para identificar datos puntuales y organizarlos para el análisis. Asimismo, lo encontrado puede alimentar indicadores para medir la garantía de derechos individuales y colectivos, con lo cual se fortalecen los instrumentos de monitoreo de las instituciones judiciales. Esto, además, puede lograrse en tiempos sustancialmente menores a los que emplearía un equipo humano, y sin ocupar ejércitos de funcionarios en la lectura de millones de documentos.
Sin embargo, como se mencionó anteriormente, el uso de este tipo de tecnología en un tema tan importante como la justicia plantea alertas. Por ejemplo, como lo generado por IA depende de los datos con los que se alimenta, si aquellos son falsos o sesgados, así mismo serán los resultados. Igualmente, al revisar con ojo experto sus respuestas, es posible encontrar que sean equivocadas o imprecisas. Por eso es fundamental no simplemente delegar funciones a la tecnología, sino supervisar críticamente su uso y resultados.
En la gestión pública, la conciencia sobre las bondades y riesgos de trabajar con IA, junto con el conocimiento del correspondiente marco normativo, permite utilizar responsablemente una herramienta con tanto potencial. Econometría, tras la experiencia en este proceso, identifica 4 aspectos clave para usar responsablemente IA en proyectos vinculados al servicio judicial:
1. Controlar la calidad de los datos y administrarlos éticamente.
Es necesario establecer la disponibilidad, calidad, integridad y pertinencia de la información que alimentará los sistemas, para poder administrarla bajo valores éticos compartidos. Así se garantiza inclusión, imparcialidad, confianza pública y legitimidad del sistema y sus resultados. Los principios de buenas prácticas de la OCDE (2021) sobre la ética de datos en el sector público, y las directrices para el uso de sistemas de IA en cortes y tribunales de la Unesco (2026) son buenos referentes.
2. Entrenar y probar los sistemas de IA hasta hacerlos robustos, seguros y confiables.
Al entrenar sistemas de IA es clave hacer un escrutinio constante de datos, instrucciones dadas, funcionamiento, salidas, capacidades, limitaciones y riesgos del uso de la herramienta para identificar maneras de prevenir o mitigar consecuencias perjudiciales. Con mecanismos de gestión de riesgos se pueden reparar o retirar de manera segura sistemas que muestren potencial de daños o comportamientos no deseados. Igualmente, deben existir procedimientos para proteger la integridad de la información (OCDE, 2024).
3. Crear mecanismos de rendición de cuentas.
Todos los actores que participen en el diseño, instalación u operación de sistemas de IA deben responder por sus resultados, salvo que se demuestre que la responsabilidad de los daños generados solo recae sobre uno o algunos de ellos. En esta línea, se debe garantizar la trazabilidad del funcionamiento de los sistemas durante todo su ciclo de vida (Consejería Presidencial para Asuntos Económicos y Transformación Digital, 2021).
4. Garantizar transparencia, explicabilidad, imparcialidad, privacidad y seguridad.
Quienes diseñen sistemas de IA, dentro o fuera de las instituciones judiciales, deben suministrar información significativa como: fuentes de los datos que los alimentaron, su diseño, proceso de entrenamiento, lógica tras las predicciones, y capacidades, limitaciones y oportunidades de mejora. Una divulgación responsable asegura que los operadores comprendan y cuestionen tanto el funcionamiento como los resultados de los sistemas (Procuraduría General de la Nación y Defensoría del Pueblo, 2025).
Además, para evitar que sistemas de IA refuercen formas de discriminación (como el racismo y el sexismo), los creadores deben cuidar que los datos sean suficientes e imparciales. Mejorar la calidad de la información a ingresar y eliminar variables que produzcan sesgos son cuidados que deben estar presentes de manera permanente. Para esto, una medida importante es conformar equipos multidisciplinarios y diversos que, desde el inicio, garanticen la imparcialidad de los sistemas (OCDE, 2022).
Por último, es fundamental proteger la reserva de los datos personales y sensibles que se dan a conocer a las instituciones judiciales (Consejo Superior de la Judicatura, 2024). La implementación de medidas de ciberseguridad es indispensable para prevenir accesos no autorizados, afectaciones sobre los datos y riesgos para la integridad de los sistemas (Presidencia de la República, 2026).
El anterior listado solo comprende recomendaciones de mejores prácticas para el uso ético y responsable de IA en proyectos vinculados al servicio judicial, de acuerdo con los cuerpos normativos y de soft law que se vienen construyendo a nivel local e internacional (los mismos que aplicamos a nuestros proyectos).
Para finalizar, la tecnología puede potenciar sustancialmente el desempeño de funcionarios y el impacto de instituciones judiciales en la garantía de derechos. En todo caso, y como decimos en Econometría: la IA no anda sola; requiere de humanos expertos que le den vida, la nutran, la entrenen, la monitoreen y la retiren cuando lo consideren pertinente.
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El dividendo de género: Resiliencia y cuidado en La Mojana
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Por: PNUD en Colombia y Econometría Consultores.
La región de La Mojana, ese complejo entramado hídrico que une a los departamentos de Antioquia, Bolívar, Córdoba y Sucre, se encuentra hoy en el epicentro de un debate fundamental para el desarrollo rural de Colombia: la transición de una economía de subsistencia a modelos de gestión comunitaria resilientes. En este territorio, donde los índices de pobreza superan en 1,5 veces el promedio nacional y la vulnerabilidad ambiental dicta el ritmo de la vida, ha emergido un actor determinante que está redefiniendo las estructuras de poder local: la mujer rural. Los resultados de una reciente evaluación realizada por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), en articulación con Econometría Consultores, sobre el fortalecimiento de las Organizaciones de Base Comunitaria (OBC) en la zona demuestran que el empoderamiento femenino no es solo una cuestión de ética, sino el motor más eficiente para la adaptación climática y la transparencia administrativa.
A lo largo de los estudios de caso realizados por el programa Mojana Clima y Vida del PNUD en Colombia, en articulación con Econometría Consultores, en municipios como Ayapel, San Marcos, Majagual, Guaranda y Nechí, se evidencia un fenómeno transformador: las mujeres han pasado de ocupar roles tradicionalmente secundarios a liderar la gestión técnica y financiera de proyectos de restauración ecológica. No se trata de una participación nominal: en núcleos específicos de intervención, la vinculación laboral femenina alcanzó proporciones de hasta 80%. Esta cifra es la semilla de un retorno colectivo sin precedentes, aquel que recibe una comunidad cuando el empoderamiento femenino trasciende lo individual; se manifiesta en hogares con mejor nutrición, ecosistemas restaurados y una cohesión social fortalecida que actúa como barrera contra la degradación del territorio. Dicho retorno colectivo es conocido como “dividendo social de género”. La mujer de La Mojana hoy no solo siembra; administra recursos bajo estándares internacionales, lidera procesos de viverismo y coordina la limpieza de caños, ganando una autonomía financiera que ha impactado directamente en la nutrición de sus hogares.
Sin embargo, este éxito rotundo ha puesto de manifiesto una problemática estructural que el país no puede seguir ignorando: la “doble jornada” laboral. La evidencia es contundente al señalar que, si bien las mujeres han asumido roles protagónicos en la restauración de sus ecosistemas, la carga del trabajo doméstico y de cuidado no remunerado sigue recayendo de forma desproporcionada sobre ellas. Esta realidad crea una tensión constante entre el deseo de participar en el desarrollo de su comunidad y la exigencia de cumplir con labores de cocina, limpieza y atención a la familia, tareas que son más exigentes en condiciones de ruralidad dispersa. Es una contradicción sistémica: les pedimos que rescaten el territorio de la crisis climática mientras las dejamos solas en la gestión del cuidado.
La lección más crítica que surge de La Mojana es que la participación plena de la mujer es físicamente insostenible sin una infraestructura de soporte y sin una repartición más equitativa de las tareas del hogar. Durante la ejecución de las intervenciones, se identificó que la sobrecarga de tareas domésticas actúa como un “techo de cristal” que limita la permanencia de las líderes en sus cargos. Ante esto, la recomendación estratégica que surge del estudio es la institucionalización de Sistemas de Cuidado Interno como una política transversal en intervenciones de desarrollo rural. No basta con invitar a las mujeres a las asambleas; es necesario que los programas de intervención incluyan, desde su presupuesto inicial, mecanismos que alivien la carga del cuidado.
En La Mojana ya se han piloteado soluciones con éxito relativo, como los “espacios de cuidado itinerantes”, del programa Mojana Clima y Vida del PNUD. Estos espacios permitieron que las mujeres asistieran a talleres y jornadas de reforestación mientras sus hijas e hijos contaban con atención segura en el territorio. Asimismo, se ha propuesto la inclusión formal de “jornales de cuidado” dentro de los acuerdos financieros con las organizaciones, reconociendo económicamente a quienes asumen las tareas de atención familiar para permitir que otras mujeres se vinculen a las labores técnicas de restauración. Estas medidas son una inversión necesaria para garantizar que la capacidad técnica instalada en las OBC no se pierda por el agotamiento físico de sus integrantes.
Para que estos avances no sean exclusivamente temporales, la hoja de ruta propuesta sugiere adoptar los lineamientos del Programa Nacional de Cuidado del Ministerio de Igualdad y Equidad. Esto implica que cualquier intervención futura en la región debe articularse con programas estatales de soporte, como, por ejemplo, Renta Ciudadana, para brindar un respaldo económico adicional a las mujeres que lideran procesos ambientales mientras ejercen labores de cuidado. La meta es ambiciosa: transitar de un modelo donde la mujer “ayuda” voluntariamente a uno donde su tiempo es valorado y sus necesidades de cuidado son cubiertas por una red colectiva.
Desde la perspectiva de la gestión organizacional, el Índice de Capacidades Organizativas (ICO) liderado por el PNUD y aplicado en la zona reveló un desequilibrio revelador. Las organizaciones lideradas por mujeres demostraron una eficiencia superior en la gestión administrativa y financiera, adoptando con rapidez herramientas como las billeteras digitales y la rendición de cuentas transparente. No obstante, su capacidad de relacionamiento externo y planificación estratégica sigue siendo débil. Esta debilidad es, en gran medida, consecuencia de la falta de tiempo; una líder que debe gestionar una oficina, restaurar un humedal y cuidar un hogar difícilmente tiene espacio para forjar alianzas internacionales de largo plazo.
Por tanto, el fortalecimiento de las OBC exige un enfoque de “corresponsabilidad”. Aunque se ha observado un inicio de redistribución de tareas en algunos hogares, donde los hombres comienzan a asumir roles domésticos, el cambio cultural es lento. La recomendación es clara: el relevo generacional debe incentivar a los jóvenes a asumir no solo las herramientas tecnológicas, sino también la ética del cuidado compartido. Solo así se podrá asegurar que la autonomía económica lograda mediante la venta de plántulas o la gestión de microacueductos sea el motor de una transformación duradera.
En conclusión, La Mojana nos entrega un espejo del futuro rural de Colombia. El liderazgo femenino ha demostrado ser la barrera más efectiva contra la degradación ambiental y la desarticulación social. Pero este dividendo de género para la sociedad no puede seguir financiándose con el sacrificio personal de las mujeres. La creación de sistemas de cuidado robustos, financiados y territorializados es la única garantía de que estas organizaciones transiten hacia la verdadera autonomía económica. Ahora, el reto es asegurar que ese liderazgo sea sostenible, autónomo y, sobre todo, justamente compartido. Colombia tiene en esta región un espejo donde mirarse para construir un desarrollo rural que no solo sea verde, sino también profundamente equitativo.
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Seguridad alimentaria: La deuda pendiente con el norte del país
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Escrita por: Manuel José Herrera, consultor de proyectos.
En el extremo norte del país, donde la geografía colombiana se funde con el Caribe, se alza la Serranía de la Macuira, un lugar que desafía la lógica del desierto wayuu. Este ecosistema de bosque nublado, único en la zona de la Alta Guajira, funciona como oasis crítico y regulador hídrico en una región marcada por la aridez. Es aquí, en el Parque Nacional Natural Macuira (PNN Macuira), donde la desertificación y la variabilidad climática amenazan la seguridad alimentaria de su población.
Este departamento, a su vez, ha enfrentado una realidad social apremiante. Según los datos más recientes del Dane, La Guajira encabeza las estadísticas nacionales de inseguridad alimentaria. Bajo la metodología Food Insecurity Experience Scale (Fies, por sus siglas en inglés), que mide el acceso a los alimentos en términos de cantidad y calidad, el departamento registró una prevalencia de inseguridad alimentaria moderada o grave de 52,4% en 2024. Esta cifra no solo es la más alta del país, sino que duplica el promedio nacional, que se sitúa en 25,5%, lo que evidencia una brecha crítica en el acceso básico a la nutrición, situación que exige soluciones estructurales y urgentes.
Para abordar esta problemática, el programa “Restaurar para conservar, nutrir y producir”, realizado por Fundación Alpina, partió de un diagnóstico detallado de los productores participantes que habitan el PNN Macuira. La caracterización de los participantes revela un entramado social de hogares multigeneracionales, compuestos en promedio por 4,02 integrantes. La estabilidad de los grupos familiares permitió que los mismos 33 productores pudieran ser seguidos desde el momento en que se trabajó en la línea base hasta cuando se produjo la evaluación final. Demográficamente, se trata de una población madura: 56% de los productores tenía entre 29 y 59 años al inicio del programa, mientras que 38% superaba los 60 años. Estos últimos proporcionaban la legitimidad y el conocimiento ancestral necesario para la sostenibilidad del proyecto.
En términos de equidad, la participación femenina fue predominante y constante, representando 56% del total de productores. Por otra parte, las brechas educativas y económicas marcaron el punto de partida del desafío: al inicio, 52% de los productores contaba únicamente con educación básica primaria y 82% percibía ingresos inferiores al salario mínimo.
Bajo este contexto se desarrolló el programa “Restaurar para conservar, nutrir y producir” entre la Fundación Alpina y Fondo Acción, una alianza estratégica para intervenir áreas críticas del PNN Macuira. El proyecto se trazó objetivos ambiciosos: recuperar ecosistemas degradados, fortalecer la seguridad alimentaria y empoderar a mujeres y jóvenes mediante el ahorro autogestionado y la transferencia de conocimiento técnico. Para validar este programa, la firma Econometría Consultores realizó una evaluación de resultados basada en dos levantamientos de información (línea base 2023 y línea final 2025), lo que permitió capturar con rigor estadístico los efectos reales del programa.
Uno de los principales logros fue la transición hacia sistemas agroecológicos. Mientras que al inicio la elaboración de abonos y el uso de regeneradores de suelo eran marginales (12% y 4%, respectivamente), el proyecto cerró su ciclo con una adopción de 100% en ambas prácticas. Este salto técnico, que llevó el enrastojamiento de 0% a un sólido 75,8%, demuestra que la resiliencia climática es el resultado de fortalecer capacidades para una sostenibilidad productiva. Esta transformación no fue solo técnica, también lo fue en la ampliación de los mercados.
Se logró diversificar el portafolio agrícola, pasando de una dependencia histórica del maíz (43,5%) y la yuca (30,4%) a un esquema en el que aumentó la participación de hortalizas de ciclo corto. Al cierre del programa, el tomate representó 30,3% de la producción y el cilantro 27,3%, complementados con cebollín, ají y pimentón. En el componente pecuario, aunque los caprinos siguen siendo el eje central (73,7%), la inclusión de ovinos (21,1%) y bovinos (5,3%) ha incrementado la base de proteína disponible. Este cambio permitió que la participación en mercados de trueque y campesinos saltara de 17,7% a 40,3%, consolidando excedentes que están dinamizando la economía local.
Sin embargo, este avance carecería de sentido sin una estrategia de seguridad hídrica. En un entorno de extrema escasez, el tratamiento de aguas residuales y la conservación de la vegetación pasaron de niveles nulos a una adopción de 100%. Innovaciones como la instalación de bebederos artificiales (81,8%) y el manejo de rondas hídricas (72,7%) transformaron el panorama, logrando además duplicar el reconocimiento cultural en la gestión de sitios sagrados, que ascendió a 57,6%. Esta evolución demuestra que, ante la presión climática, la integración de medidas de uso eficiente es una solución para el soporte real que permita sostener la vida y la productividad en la Alta Guajira.
Los resultados de la evaluación demuestran que el fortalecimiento de la autosuficiencia, impulsado por nuevas prácticas sostenibles y por la seguridad hídrica, trasciende lo productivo para convertirse en un hito de equidad. Las mujeres, que representan 56% de los productores, han asumido un liderazgo comunitario sin precedentes al gestionar huertas y sistemas de agua con tal eficiencia que sus ingresos promedio hoy igualan o superan a los de los hombres en el territorio.
El proyecto no solo sembró semillas, sino que consolidó capital social: la vinculación a asociaciones escaló de 6,1% a 42,4%, transformando la participación comunitaria de una actitud pasiva a un rol protagónico y autogestionado. Un pilar determinante en esta evolución ha sido la gestión financiera comunitaria. A través de la conformación de grupos autogestionados de ahorro y crédito, se logró que 100% de los productores vinculados a asociaciones participen hoy en esquemas de ahorro colectivo. Lo anterior ha permitido mitigar la fragilidad económica de una población donde 82% percibe ingresos inferiores al salario mínimo.
No obstante, permanecen retos estructurales que la producción local por sí sola no puede resolver. El retroceso en el acceso a las tres comidas diarias afecta a 57,6% de los hogares. Lo anterior coincide con la disminución de programas de ayuda alimentaria externa, lo que evidencia que la soberanía aún es frágil. Para que estos excedentes se transformen en ingresos sostenibles, el país debe saldar deudas pendientes en infraestructura, conectividad y servicios financieros con la Alta Guajira. La experiencia en la Macuira demuestra que integrar saberes ancestrales con rigor técnico es el camino correcto, pero también que la sostenibilidad alimentaria plena requiere de un compromiso institucional que trascienda los ciclos de los proyectos y garantice condiciones de mercado justas para quienes hoy custodian el norte del país.
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Modo avión en los colegios, columna para La República
Modo avión en los colegios
Escrita por: María Camila Arias, coordinadora de proyectos.
Colombia es el país de América del Sur que tiene más celulares por cada 100 personas y es segundo, detrás de El Salvador, en América Latina. En Colombia tenemos 167 celulares por cada 100 personas, lo que quiere decir que cada colombiano tiene más de un celular y medio (International Telecommunication Union, 2026), contando a los recién nacidos. Y es que el celular se ha vuelto un aditamento del cuerpo humano desde muy jóvenes. En promedio, un niño recibe su primer celular a los 11,6 años en el mundo (Universidad de Stanford, 2022), mientras en Colombia 35% de los niños entre 6 y 9 años ya tienen uno propio (CRC, 2024). En este sentido, existe una gran preocupación por el uso del celular en los colegios, pero ¿se debe o no restringir el uso de celular en los colegios?
Desde la década de los noventa comenzaron las primeras prohibiciones de celular en algunos colegios de Estados Unidos para combatir a los expendedores de drogas. Sin embargo, tras su popularización por los bajos costos unitarios, el ataque de un hombre armado en un colegio de Colorado en 1999 y los ataques del 11-S en 2001, se levantaron las restricciones, identificando que los celulares podían ser más prácticos que dañinos (Ballaro, Beverly y Ginsburg, Jill, 2024). De acuerdo con una encuesta nacional de 2008 en Estados Unidos, 60% de los estudiantes reconoció que, gracias al celular, ahora podían comunicarse con sus padres. Pero la llegada de las redes sociales, la pandemia del covid-19 y los chatbots de IA agregaron más complejidad al asunto. Hoy en día los jóvenes están expuestos a distracciones durante su tiempo de aprendizaje, riesgo de delegar actividades claves para su propio desarrollo cognitivo a la IA, ciberacoso, sexting, acoso, desinformación, aislamiento social y robo de datos. Con todo esto, para el entorno latinoamericano, los celulares siguen siendo un medio eficiente para que los padres mantengan comunicación con sus hijos, especialmente para asuntos médicos o de seguridad, por lo que no es claro el camino a seguir.
En Econometría Consultores pensamos que cuando la duda asalta, lo mejor es medir; y este parece ser el camino que se ha seguido desde los grandes think tanks de políticas públicas. Desde 2024, la Universidad de Stanford, el Banco Mundial y el BID apoyaron una iniciativa que busca medir el efecto de restringir el uso de dispositivos móviles, incluyendo celulares, en los colegios Uncoli de Bogotá. En los resultados preliminares se encontró que 61% de los docentes reportaron percibir mayor concentración en los estudiantes, 52% nota mayor participación en clase y 66% percibe más interacción social en los recreos; sin embargo, aún están pendientes los resultados sobre los efectos causales de la iniciativa. En 2025, Econometría Consultores ayudó al BID a implementar la iniciativa “Conectad@s de Verdad”, que promovía la restricción del uso de celulares en colegios públicos de Lima a través del uso de estuches personales que bloquean la señal. El estudio pretende medir los efectos de la restricción sobre habilidades socioemocionales y aunque los efectos causales aún están siendo analizados, el acompañar la implementación dejó algunas enseñanzas.
En primer lugar, es fundamental que la restricción sea socializada a los estudiantes desde la pedagogía, y no desde la prohibición. Naturalmente, los estudiantes van a presentar resistencia. Lo importante es que se exponga constantemente a los estudiantes los riesgos del uso del celular y que se les dé la oportunidad de expresar sus opiniones frente a la iniciativa. Sólo a través de las discusiones entre partes se podrá entender las necesidades de cada contexto y se podrá generar una restricción sostenible en el tiempo, en donde más allá de la prohibición se genere una cultura estudiantil por el uso adecuado de la tecnología. Adicionalmente, es importante que durante el proceso el cumplimiento de la restricción sea velado por el personal educativo.
En segundo lugar, es estratégico que la restricción a los celulares en los colegios venga acompañada del respaldo del personal educador. Si algunos educadores rechazan la iniciativa, es difícil que se pueda garantizar su cumplimiento adentro de la institución y esto implica que, más allá de la opinión personal del docente, se realicen jornadas pedagógicas en las que se exponga a los docentes los hallazgos científicos de estudios previos y se cree conciencia tanto de las ventajas, como de los riesgos, de exponer a los niños a los celulares. Esto permitirá que se diseñe una política matizada, que permita sacar el mayor provecho del uso del celular en contextos educativos, y minimice los riesgos durante las horas escolares.
En tercer lugar, es importante socializar la iniciativa con los padres o acudientes, para que ellos puedan respaldar la decisión desde los hogares. En principio, los padres pueden rechazar la iniciativa porque se sienten cohibidos de comunicarse con sus hijos, pero si se escuchan las necesidades de los padres, en paralelo al diseño de la iniciativa, se pueden trazar mecanismos que permitan que los padres sigan teniendo un canal de comunicación garantizado con los estudiantes en caso de emergencias, al mismo tiempo que se pueda restringir el uso de los celulares mitigando los riesgos.
Finalmente, es importante reconocer que, aunque ya existen varias iniciativas en el mundo que propenden por la restricción del celular en los colegios, una iniciativa exitosa puede fracasar en contextos diferentes, y esto aplica incluso adentro de un mismo país o municipio. El nivel de compromiso de los padres con la educación de sus hijos, la infraestructura del colegio, así como la coexistencia de actividades delictivas dentro de los colegios, puede dificultar el cumplimiento de la norma, y hasta poner en peligro a aquellos que velen por su cumplimiento adentro del plantel educativo.
En este sentido, más allá de promover la restricción de celulares en los colegios como una panacea, es importante adaptar al contexto sin perder la estrella polar: permitir las ventajas del uso del celular, minimizando los riesgos a los que están expuestos los estudiantes. Alguien habría pensado después de la invención del avión que lo mejor era prohibir su uso, ya que los riesgos de montar en uno eran muy altos frente a las ventajas de su uso. Pero tras muchas mediciones, y las investigaciones que hoy en día continúan tras cada catástrofe aérea, el avión se ha convertido en el medio de transporte más seguro del mundo. Prohibir por prohibir sólo retardará la exposición sin generar conciencia, y para esto es esencial que la restricción se diseñe en armonía con el contexto de cada colegio. Por esto, frente a la pregunta del primer párrafo, la respuesta es: depende de cómo; y para esto es importante medir los efectos de una restricción sobre las ventajas y riesgos del uso del celular, adaptado a cada contexto.
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¿Se puede cambiar el sentido de las manecillas del reloj?
¿Se puede cambiar el sentido de las manecillas del reloj?
Escrita por: Julián Roa, coordinador de proyectos.
La presente semana estuvo marcada por dos eventos clave: la publicación de los datos del crecimiento del PIB de 2025 y las manifestaciones a favor del incremento del salario mínimo. Eventos cuya conexión vale la pena explorar.
El PIB de 2025 creció 2,6%, una cifra que, aunque dentro del rango proyectado, se situó por debajo de 2,8% esperado por el mercado. Este desfase se explica por revisiones estadísticas del Dane y, principalmente, por una preocupante caída en la inversión en maquinaria y equipo, que opacó el buen desempeño del consumo de los hogares (3,6%) y el repunte en la inversión en vivienda. Sobre el colapso de la inversión, principal móvil de la caída de la demanda en el último trimestre, se pueden anotar dos hipótesis no mutuamente excluyentes. Por un lado, como la inflación no cedió a finales del año pasado, se anticiparon movimientos al alza en la tasa de interés que frenaron el impulso inversor. Por otro lado, la incertidumbre política se intensificó tras las encuestas de noviembre que mostraron como líder a Iván Cepeda. La ambigüedad respecto a la seguridad jurídica y las señales sobre profundización de reformas parecen haber extendido el compás de espera de los inversionistas, que podrían preferir activos líquidos antes que comprometer capital en maquinaria.
Por su parte, las marchas en apoyo al decreto del salario mínimo ponen énfasis en la cuestión redistributiva. El presidente y varios de sus allegados consideran que estos incrementos buscan mejorar la condición de vida de los trabajadores aumentando su consumo y que, de acuerdo con el ministro de Educación, Daniel Rojas Medellín, han logrado aumentar la proporción de la masa salarial en el PIB, repartiendo mejor la torta. La teoría de cambio es que, vía estos incrementos, se mejora la posición de negociación de los trabajadores y estos pueden tener una mayor participación en el PIB. Por ello, se redobló este año con un incremento tan alto. Adicionalmente, la suspensión del decreto agitó la situación y permitió al Gobierno hablar de manera explícita del conflicto de clases.
Pero ¿puede esta apuesta funcionar? ¿Se puede crecer sosteniblemente de esta forma? La respuesta depende de cómo giran las manecillas de la economía colombiana en el plano cartesiano distribución-empleo. El debate tiene dos polos. En el modelo de Goodwin (1967), el ciclo gira en el sentido de las manecillas del reloj: la inversión eleva el empleo, los trabajadores ganan poder de negociación y la masa salarial sube como proporción del PIB, pero eso comprime márgenes, frena la inversión, el empleo cae, los márgenes se recuperan y el ciclo reinicia. En este tipo de economías, el motor es la reinversión de los beneficios de las empresas, una economía jalonada por los beneficios. Bhaduri y Marglin (1990) mostraron que las manecillas pueden girar al revés: si los trabajadores consumen proporcionalmente más que los capitalistas, el alza salarial impulsa la demanda, la mayor demanda eleva la producción, la inversión y el empleo, y el ciclo se sostiene en sentido contrario. En este tipo de economías, el motor es el gasto de consumo de los trabajadores, es decir, una economía jalonada por los salarios. Cuál régimen opera no es una ley universal; depende de la estructura productiva de cada país. La respuesta es empírica.
Las gráficas adjuntas muestran la trayectoria colombiana en tres periodos. En 1984-2000, incluyendo la fase proteccionista y la apertura, el patrón predominante es en sentido horario. En 2001-2019 se repite, aunque con ciertos chirridos al inicio del siglo. En 2019-2025, el covid distorsiona el tic-tac, pero la recuperación traza nuevamente sentido horario, y el dato de 2025 muestra empleo estabilizado pero una masa salarial que no ha aumentado como la retórica oficial sugeriría. Lo relevante es la persistencia: el patrón aparece antes de la inflación objetivo (1999) y antes de la apertura, lo que sugiere que el crecimiento jalonado por beneficios tiene raíces estructurales.
Si esto es así, jalonar el crecimiento vía salarios por encima de la productividad es ir a contraritmo. Los mayores costos comprimen márgenes, la inversión cae, el potencial se reduce y la inflación absorbe parte del aumento. El crecimiento del PIB potencial ha bajado de 3,5% a entre 2,5% y 3,0%, con la inversión estancada en 16% del PIB. Ante la baja inversión y la pérdida de capacidad productiva, los incrementos salariales se trasladan a precios o a deterioro de la balanza comercial. Si bien es pronto para medir el efecto completo, el dato de enero no contradijo a quienes pronostican inflación en niveles de 6% o 7%. El deterioro en la balanza comercial, ya bastante negativa en 2025, se va a profundizar en 2026. La tradición poskaleckiana que el Gobierno invoca implícitamente es clara en algo que suele omitirse: la transición de una economía jalonada por beneficios a una jalonada por los salarios no se logra con política salarial sino con transformación productiva, es decir, transformando la estructura de la economía.
Eso significa diversificación productiva, formalización laboral que amplíe la cobertura de los incrementos salariales, inversión en capacidades tecnológicas que eleven la productividad y un sector de servicios de alto valor. Son reformas de largo plazo, no decretos de fin de año.
Corea del Sur intentó este camino bajo Moon Jae-in en 2017, con incrementos agresivos del salario mínimo, y el experimento, si bien no fue un desastre, tampoco salió bien. En Colombia, además de los incrementos salariales, en este Gobierno se ha intentado una diversificación productiva. El giro de Ecopetrol podría verse como un intento de dicha transformación estructural. Pero la señal al mercado no fue diversificación coherente sino incertidumbre, y el resultado es que ni se transforma la estructura ni se preserva la rentabilidad existente.
Hoy el ingreso por remesas supera al petróleo y al café, pero no porque se haya diversificado la estructura productiva sino porque se impidió el crecimiento de las exportaciones minero-energéticas. Así, pareciera que el Gobierno ha intentado cambiar el sentido de las manecillas del reloj. El objetivo discursivo es legítimo: un crecimiento más inclusivo, pero cuatro décadas de datos sugieren que esa vía tal vez no sea la más adecuada, dada la estructura productiva del país, que no se cambia tan rápido.
Así, la economía colombiana enfrenta en las elecciones dos caminos. O escoge continuar intentando invertir las manecillas del reloj, o puede dejar que el reloj siga su curso. Pero no basta con dejar que vuelva a su ritmo natural, sino con mejorar el reloj.
Eso requiere menos decretos de choque y más políticas de largo aliento que aumenten la productividad y permitan una mayor inversión. Solo así el tic-tac de la economía dejará de ser una cuenta regresiva hacia el estancamiento y una mayor inflación, para convertirse en el ritmo de un desarrollo sostenible.
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Colombia, no dejemos de ser la Meca de datos y la evaluación en América Latina
Escrita por: Carolina Latorre, Socia y Directora de proyectos.
Recientemente, Econometría Consultores participó en la evaluación de impacto del Programa de Innovación en Empresas (Proinnova) en Paraguay, donde, con orgullo, constatamos que Colombia es referenciada como la “meca de los datos y la evaluación” en América Latina.
En la revisión de la información pública disponible sobre variables clave para medir mejoras en productividad empresarial, identificamos que no todos los países de la región cuentan con información tan nutrida y actualizada como la de Colombia y que, además, buena parte de estos datos se presenta en sistemas eficientes y de fácil acceso.
Colombia, a través de su principal entidad de información oficial, el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (Dane), produce datos en 22 temas diferentes que abarcan mercados de bienes y servicios -crecimiento económico, construcción, industria, servicios, agricultura, comercio y precios-, el mercado laboral y estadísticas de innovación, tecnología y variables sociodemográficas, incluidos indicadores de pobreza, salud y educación.
A esto se suma el Banco de la República, (sus estudios técnicos) que ofrece series históricas de variables del mercado monetario como tasas de interés, agregados monetarios y crediticios, operaciones de mercado y deuda pública.
En particular, los datos de inflación y del índice de precios al consumidor están disponibles desde 1955.
Esta buena práctica de recolección, sistematización, uso y presentación de la información ha permeado a otras entidades del nivel local y regional, así como a la academia y a organizaciones de la sociedad civil.
Además, la Alcaldía de Bogotá, por ejemplo, realiza un monitoreo trimestral de la actividad económica de la ciudad con datos satelitales y de movilidad a través del Observatorio de Desarrollo Económico.
La Alcaldía de Medellín cuenta con observatorios de políticas públicas y con el Observatorio Turístico de Medellín (Otm), que recopila y analiza datos de alojamiento, transporte y eventos para avanzar hacia un modelo de destino turístico inteligente.
En la misma línea, entidades mixtas y organizaciones de la sociedad civil no solo recolectan información, sino que han estructurado áreas de investigación que producen datos, generan evidencia y documentan fenómenos sociales.
Es el caso de Profamilia, que analiza variables relacionadas con la salud sexual y reproductiva en contextos nacional e internacional, y de la Fundación Plan Internacional Colombia, que desarrolló el “Observatorio: Contando lo invisible”, con información estadística e investigaciones sobre embarazo infantil forzado, embarazo adolescente, violencia contra la niñez, adolescencia y juventud, así como matrimonios y uniones infantiles tempranas forzadas, entre otros.
La relevancia de la información y de su actualización periódica radica en su capacidad para visibilizar problemáticas, generar evidencia y sustentar decisiones estratégicas en el diseño, planeación y ajuste de políticas y programas que mejoran la calidad de vida y promueven el crecimiento económico inclusivo y sostenible. En Colombia, la evaluación de iniciativas públicas es un mandato constitucional y una buena práctica impulsada por los gobiernos.
La oficina de Sinergia del Departamento Nacional de Planeación, encargada del seguimiento y evaluación de políticas públicas estratégicas, cuenta con un repositorio de 347 evaluaciones en 23 sectores, que van desde inclusión social y reconciliación hasta ciencia, tecnología e innovación, pasando por salud, educación, defensa, cultura, comercio, vivienda y agricultura.
Estas evaluaciones se realizan desde 1997, con un promedio de 13 por año.
Sin embargo, preocupa la tendencia reciente: mientras entre 2010 y 2013 se realizaron 106 evaluaciones, y entre 2018 y 2021 se hicieron 60, en el periodo 2022-2025 la cifra cayó a 32.
De igual forma, otras entidades del Gobierno, como el Icbf, Minciencias y varios ministerios, han reducido de manera significativa sus procesos evaluativos en los últimos años.
Las prácticas de recolección de información y evaluación deben mantenerse y fortalecerse, especialmente en un país como Colombia, que ha acumulado una experiencia valiosa con impacto no solo en entidades del Gobierno nacional, sino también en gobiernos locales y en otros países de América Latina.
La continuidad de estos procesos de evidencia, análisis y reflexión es fundamental para garantizar la calidad, pertinencia, adecuada focalización y eficiencia de las intervenciones públicas y privadas, más aún en un contexto de reducción de recursos de cooperación internacional y alta volatilidad económica.
La evaluación no solo debe continuar, sino profundizarse. Persisten vacíos en el monitoreo de temas sociales, ambientales y económicos, así como de poblaciones aisladas o con baja visibilidad, cuyas necesidades no siempre están suficientemente diagnosticadas para diseñar programas eficaces. Además, existe información valiosa que, por razones administrativas o legales, no está disponible para la evaluación, lo que limita su potencial de uso. Un ejemplo es la información tributaria de la Dirección de Impuestos y Aduanas Nacionales (Dian), que permitiría evaluar el impacto de beneficios tributarios para empresas y personas naturales.
En conclusión, la generación de evidencia y las buenas prácticas de evaluación deben ser una prioridad para el próximo gobierno.
En un contexto en el que las cifras de deuda pública de Colombia sugieren la necesidad de recortes de gasto y prudencia fiscal, la evaluación puede ser una aliada clave para mejorar eficiencia y efectividad.
Los procesos evaluativos y los datos son una inversión, no un gasto: permiten mejores diagnósticos, optimizar la implementación, tomar decisiones más acertadas y de mayor impacto, y construir sobre los aprendizajes del pasado.
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2026: Una bomba de tiempo bajo fachada de estabilidad
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Escrita por: Julián Roa, coordinador de proyectos.
2025 fue un año con un desempeño relativamente bueno, particularmente si se le compara con los dos años inmediatamente anteriores. El PIB tiene una alta probabilidad de terminar alrededor de 2,8% e incluso en 3%, lo que estuvo ligeramente por encima de lo que esperaban los analistas hace un año (2,5%) y concuerda dentro del rango que esperábamos en Econometría hace un año (2,5-3%). En cuanto al mercado laboral, sus indicadores sorprendieron bastante a los analistas: mientras que hace un año esperaban en promedio una tasa de desempleo de 10%, ésta muy posiblemente cierre alrededor de 9%. Sin embargo, a estos buenos números, se les antepone una inflación que no se disminuyó durante 2025 y, en consecuencia, unas tasas de interés aún más altas. Lo anterior tiene una explicación: el alto déficit fiscal que el Gobierno ha generado. Por su parte, 2026 es un año que continuará, en gran medida, con esta dinámica de crecimiento inflacionario jalonado por la política fiscal. Esperamos que el crecimiento del PIB esté en un rango entre 2,5% y 3,0%, por debajo de su potencial, y una inflación que cerraría alrededor del 6%-7% pero con un sesgo más alcista que bajista. Pero además de esta dinámica, existen otros fenómenos que tendrán gran relevancia en este año.
Desde lo externo, el dólar ha perdido un gran valor ante otras monedas y ha jalonado a la baja el precio del dólar en Colombia. Detrás de esto hay dos grandes factores: el deterioro institucional de Estados Unidos y su política monetaria. Respecto al primero, múltiples acciones lideradas por Donald Trump han restado credibilidad en la economía estadounidense dentro de las que se encuentran: las intervenciones en Irán, Venezuela y las intenciones expansionistas en Groenlandia y los constantes ataques a la Reserva Federal, solo por mencionar algunas. Si bien no se pueden predecir los siguientes pasos de Donald Trump, lo que sí se puede prever es que continúe sorprendiendo por lo menos hasta noviembre cuando se den las elecciones del nuevo congreso y la correlación de fuerzas en este cuerpo colegiado posiblemente cambie. Por otra parte, la política monetaria en Estados Unidos enfrenta dos grandes retos: los constantes ataques de Donald Trump a la institucionalidad incluyendo una investigación penal al presidente de la Reserva Federal Jerome Powell y el enfriamiento del mercado laboral estadounidense.
Todo lo anterior justifica una visión de devaluación del dólar ante otras monedas, y en consecuencia una revaluación de la moneda colombiana. Adicionalmente, en Colombia se han implementado una serie de medidas innovadoras que logran tres objetivos simultáneos: la financiación de un mayor gasto público, la reducción contable del déficit fiscal y la revaluación de la tasa de cambio. Se trata de la estrategia del manejo de la deuda pública de la Dirección de Crédito Público, liderada por Javier Cuéllar. A esta se le suma otra medida que redobla esta apuesta mediante el decreto del Gobierno con el que se busca repatriar una parte de los recursos que hoy están invertidos en el exterior por los fondos privados de pensiones, el cual tendrá efectos muy similares en tasa de cambio y una mayor capacidad de gasto público. Así, de acuerdo con la última encuesta de expectativas a los analistas económicos realizada por el Banco de la República, la tasa de cambio podría fluctuar entre $3.700 y $3.800 durante 2026, y si bien esta es una variable con alta incertidumbre, son pocos los analistas que ven un retorno a niveles superiores a $4.000.
De esta manera, el comportamiento de la tasa de cambio ayudará a mitigar los efectos inflacionarios del incremento del salario mínimo que implementó vía decreto el gobierno de Gustavo Petro. Esta medida es una gran fuente de incertidumbre en el escenario macroeconómico. Al revisar los pronósticos de los analistas económicos realizada por el Banco de la República en diciembre, antes de que se conociera la decisión del salario mínimo, se preveía una inflación alrededor de 4,5% para finales de 2026, y el más pesimista la veía en 5,1%. Luego de la noticia del incremento del salario mínimo la expectativa promedio de inflación a fin de 2026 se incrementó a 6,2% y el más pesimista la ve en niveles cercanos a 8%. Esto obligará al Banco de la República a subir las tasas de interés por lo menos en cerca de 200 puntos básicos.
Curiosamente, los resultados de esa misma encuesta muestran un pronóstico estable en la tasa de desempleo. En octubre de 2025, la penúltima medición de la expectativa de la tasa de desempleo para 2026, sugería que continuara en niveles estables de 9%, el más pesimista la veía en 10,5% y el más optimista en 8,1%. Luego de la noticia del incremento del salario mínimo en un 23,7%, y un incremento real de 17,3%, la última medición muestra que se conserva una expectativa similar. Lo anterior puede resultar sorpresivo dada la alta insistencia de algunos opositores a esta medida por sus efectos lesivos en el empleo. Sin embargo, esta quietud en el pronóstico no quiere decir que le mercado laboral se quede quieto, sino que el ajuste se dará en la tasa de empleos formales y no necesariamente en la tasa de desempleo. Esto además refleja que, en los últimos dos años, en donde el gobierno subió el mínimo por encima de lo usual y la tasa de desempleo no cambio de manera significativa. Adicionalmente, la ausencia de efectos del salario mínimo en la tasa de desempleo se encuentra soportada en estudios empíricos recientes, en donde se muestra que los efectos del salario mínimo pueden ser lesivos para la formalidad, pero no para el empleo total. Sin embargo, vale la pena hacer una advertencia: la economía colombiana no ha enfrentado un choque tan alto en términos del salario mínimo, y al no tener un dato similar, las extrapolaciones econométricas pueden no ser tan confiables. Adicionalmente, la economía está llena de fenómenos no lineales, por lo que es posible que los próximos datos obliguen a una actualización al alza en el pronóstico de esta variable.
A grandes rasgos la economía parece que tendrá un 2026 estable. Sin embargo, detrás de esta aparentemente buena situación lo que se está fabricando es una bomba de tiempo fiscal sin precedentes en la economía colombiana. Adicionalmente, todas estas medidas han frenado la inversión en el país, lo que hace que el crecimiento en el futuro no puede ser tan alto. La elección presidencial se vuelve así un evento decisivo para el futuro de la economía colombiana. El perfil que se requiere de parte del próximo presidente y de los ministros entrantes es supremamente exigente ante el reto que les corresponde afrontar. Sorprende que ante el tamaño de tal reto haya tantas personas aparentemente dispuestas a afrontarlo.
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Cuando el Espacio Público es el espejo, no el problema
Cuando el Espacio Público es el espejo, no el problema
Escrita por: Leonel Miranda - Experto Aliado.
Según la encuesta de percepción ciudadana de Bogotá Como Vamos, en el año 2025 solamente el 14,91% de los ciudadanos se siente satisfecho con el cuidado del espacio público de su barrio, y el 35,9% con el estado de los andenes. Históricamente, los bogotanos tienen una satisfacción con su vivienda entre el 75% y 80%, mientras que respecto a los espacios públicos, la satisfacción oscila entre el 35% y 40% (Encuestas Bogotá Como Vamos 2023, 2024 y 2025).
Simultáneamente, Bogotá recibió 524.000 metros cuadrados de espacio público por cesión de urbanizadores y constructores (Dadpep, 2025), y en la anterior administración se recuperaron 4 millones de metros cuadrados mediante procesos de restitución, acciones judiciales y entregas voluntarias.
Estos datos revelan dos paradojas: por un lado, la administración despliega enormes esfuerzos institucionales, logísticos y operativos para producir y recuperar sus espacios públicos, pero la ciudadanía percibe que su estado es insatisfactorio. Y por otro lado, las personas aprecian más su espacio privado que el espacio público de la ciudad. Cuando esto sucede, una ciudad no es una ciudad plena, es solo una aglomeración.
Por definición, lo público es aquello que no está oculto. En términos urbanísticos, este concepto se expresa en los espacios públicos, que se pueden definir como el conjunto de lugares, infraestructuras, elementos naturales y construidos que son accesibles para todos, sin distinción de su condición individual. Se puede decir que una ciudad es tan democrática, diversa e incluyente como lo son sus espacios públicos. Como lo señala Jünger Habermas “La ciudad es el espacio público donde la sociedad se fotografía, el poder se hace visible y se materializa el simbolismo colectivo”.
Ayudar a comprender estos fenómenos, en los que la realidad percibida no coincide con la realidad institucional, es uno de los retos de la evaluación de políticas públicas, cuyos métodos y orientaciones no tienen correspondencia inmediata con las percepciones colectivas y no tienen suficiente aprecio y legitimidad.
Ese es uno de los retos que se derivan del análisis de sistemas complejos como las ciudades y la necesidad de tener enfoques comprensivos de la realidad y sus problemas emergentes.
En el caso del espacio público, un estudio realizado por Econometría para la Secretaría Distrital de Planeación sobre la política de recuperación del espacio público en Bogotá, ha permitido comprender que nuestras ciudades han tenido avances valiosos en la conceptualización y desarrollo de políticas y modelos de gestión integral del espacio público. En Bogotá, las primeras políticas se enunciaron en el marco del plan estratégico realizado en la década de los noventa, bajo iniciativa de la Cámara de Comercio y universidades, con un enfoque orientado a la competitividad urbana. Posteriormente, se consolidó un marco institucional, presente en el POT de Bogotá de 1997, políticas e instrumentos que permitieron conformar un esquema complejo de acciones, con énfasis en la generación, recuperación y sostenibilidad.
Hoy sin embargo, estas acciones se perciben como insuficientes frente a dinámicas de ocupación, uso y conflictos en el espacio público, que desbordan capacidades institucionales y cuya comprensión obliga a estudiar opciones alternativas a las tradicionales actividades de recuperación y gestión defensiva de nuestros lugares comunes.
La primera condición es aceptar que con el espacio público pasa algo parecido a ciertas enfermedades dermatológicas, que se manifiestan en la piel, pero su origen y causas provienen de disfuncionalidades internas del organismo, en este caso, la ciudad y la sociedad. La congestión, la contaminación, la informalidad, la desigualdad, la presencia de basuras, la intolerancia son patologías que se manifiestan en el exterior, pero su tratamiento amerita intervenciones profundas en aspectos como economía informal, cultura ciudadana, modelos de negocio sin economía circular, dependencia del transporte particular, regionalización y ausencia de gobernanza urbana.
En segundo término, conviene revisar las políticas públicas, tanto nacionales como locales, que se han concentrado en resolver un déficit cuantitativo de espacio público material y la recuperación centrada en la acción policiva, mediante operativos de restitución con altos costos logísticos, conflictos sociales y juegos del gato y el ratón entre autoridades e infractores. La calidad del espacio público y la diversidad de sus usos, son criterios que aún requieren ser desarrollados en mecanismos de gobernanza que recojan iniciativas y prácticas sociales, privadas y comunitarias.
Es hora de revisar la meta recurrente de llegar a tener entre 10 y 15 metros cuadrados de espacio público por habitante. En los casos más exitosos, se ha llegado a un estándar de 4 metros cuadrados por habitante, con altos costos en inversión pública y sin resultados en calidad del espacio público. Además, esta meta se mide por población residente, y la tendencia de nuestras ciudades es tener cada vez más población flotante, que demanda y ocupa temporalmente los espacios públicos con alta intensidad e impacto en los entornos, sin mecanismos de gestión responsables y sostenibles.
Gran parte de los problemas en el espacio público se dan por externalidades de los usos del suelo en los espacios privados: establecimientos que atraen visitantes sin solucionar sus estacionamientos, locales que generan ruido, publicidad y desperdicios. Eventos que usan calles y ciclovías sin planes de manejo de impactos o riesgos.
Los Planes de Ordenamiento Territorial, la reciente ley contra el ruido y numerosas iniciativas ciudadanas en temas como arte, cultura, innovación o renaturalización urbana tienen posibilidades de enriquecer las formas de gestionar y controlar nuestros entornos, para lo cual los modelos de gestión institucional deben abrirse a sistemas cooperativos que permitan mayor corresponsabilidad y gestión urbana compartida.
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