Bajo este contexto se desarrolló el programa “Restaurar para conservar, nutrir y producir” entre la Fundación Alpina y Fondo Acción, una alianza estratégica para intervenir áreas críticas del PNN Macuira. El proyecto se trazó objetivos ambiciosos: recuperar ecosistemas degradados, fortalecer la seguridad alimentaria y empoderar a mujeres y jóvenes mediante el ahorro autogestionado y la transferencia de conocimiento técnico. Para validar este programa, la firma Econometría Consultores realizó una evaluación de resultados basada en dos levantamientos de información (línea base 2023 y línea final 2025), lo que permitió capturar con rigor estadístico los efectos reales del programa.
Uno de los principales logros fue la transición hacia sistemas agroecológicos. Mientras que al inicio la elaboración de abonos y el uso de regeneradores de suelo eran marginales (12% y 4%, respectivamente), el proyecto cerró su ciclo con una adopción de 100% en ambas prácticas. Este salto técnico, que llevó el enrastojamiento de 0% a un sólido 75,8%, demuestra que la resiliencia climática es el resultado de fortalecer capacidades para una sostenibilidad productiva. Esta transformación no fue solo técnica, también lo fue en la ampliación de los mercados.
Se logró diversificar el portafolio agrícola, pasando de una dependencia histórica del maíz (43,5%) y la yuca (30,4%) a un esquema en el que aumentó la participación de hortalizas de ciclo corto. Al cierre del programa, el tomate representó 30,3% de la producción y el cilantro 27,3%, complementados con cebollín, ají y pimentón. En el componente pecuario, aunque los caprinos siguen siendo el eje central (73,7%), la inclusión de ovinos (21,1%) y bovinos (5,3%) ha incrementado la base de proteína disponible. Este cambio permitió que la participación en mercados de trueque y campesinos saltara de 17,7% a 40,3%, consolidando excedentes que están dinamizando la economía local.
Sin embargo, este avance carecería de sentido sin una estrategia de seguridad hídrica. En un entorno de extrema escasez, el tratamiento de aguas residuales y la conservación de la vegetación pasaron de niveles nulos a una adopción de 100%. Innovaciones como la instalación de bebederos artificiales (81,8%) y el manejo de rondas hídricas (72,7%) transformaron el panorama, logrando además duplicar el reconocimiento cultural en la gestión de sitios sagrados, que ascendió a 57,6%. Esta evolución demuestra que, ante la presión climática, la integración de medidas de uso eficiente es una solución para el soporte real que permita sostener la vida y la productividad en la Alta Guajira.
Los resultados de la evaluación demuestran que el fortalecimiento de la autosuficiencia, impulsado por nuevas prácticas sostenibles y por la seguridad hídrica, trasciende lo productivo para convertirse en un hito de equidad. Las mujeres, que representan 56% de los productores, han asumido un liderazgo comunitario sin precedentes al gestionar huertas y sistemas de agua con tal eficiencia que sus ingresos promedio hoy igualan o superan a los de los hombres en el territorio.
El proyecto no solo sembró semillas, sino que consolidó capital social: la vinculación a asociaciones escaló de 6,1% a 42,4%, transformando la participación comunitaria de una actitud pasiva a un rol protagónico y autogestionado. Un pilar determinante en esta evolución ha sido la gestión financiera comunitaria. A través de la conformación de grupos autogestionados de ahorro y crédito, se logró que 100% de los productores vinculados a asociaciones participen hoy en esquemas de ahorro colectivo. Lo anterior ha permitido mitigar la fragilidad económica de una población donde 82% percibe ingresos inferiores al salario mínimo.
No obstante, permanecen retos estructurales que la producción local por sí sola no puede resolver. El retroceso en el acceso a las tres comidas diarias afecta a 57,6% de los hogares. Lo anterior coincide con la disminución de programas de ayuda alimentaria externa, lo que evidencia que la soberanía aún es frágil. Para que estos excedentes se transformen en ingresos sostenibles, el país debe saldar deudas pendientes en infraestructura, conectividad y servicios financieros con la Alta Guajira. La experiencia en la Macuira demuestra que integrar saberes ancestrales con rigor técnico es el camino correcto, pero también que la sostenibilidad alimentaria plena requiere de un compromiso institucional que trascienda los ciclos de los proyectos y garantice condiciones de mercado justas para quienes hoy custodian el norte del país.